“La cólera es una ráfaga de viento que apaga la lámpara de la inteligencia.”
Robert Green Ingersoll – Político americano
Es normal que, cuando vives muy pegado al terreno, tengas días de intensidad y emoción positivas que eleven tu estado anímico y otros de desilusión y sensación de fracaso que te transporten directamente al infierno de las emociones.
Entiendo que esto es bueno porque te permite madurar y conocerte más y mejor como persona y como profesional (los clientes no tienen que “sufrir” tus montañas rusas emocionales). También creo que te aporta ese punto de pasión y de implicación con la situación que te demandan; si pasáramos de puntillas por los temas sin ningún tipo de complicidad tanto con la tarea que desempeñas como con las personas que intervienen sería más pobre el resultado y sobre todo el proceso para lograrlo.
Afortunadamente, en frío, relativizas todo y pones distancia con el enfado generado, no así con el motivo de los pesares, que sigue vivo y latente en espera que alguien lo resuelva.
Las razones más habituales por las que tiendo a perder la calma tiene que ver con el compromiso, el cumplimiento y la exigencia:
Cuando los puntos anteriores ocasionalmente y de manera aislada se dan…das por hecho que puede ser un mal momento, una desafortunada situación…y lo disculpas, ahora cuando de manera reiterada se da y ves cierta indolencia al ponerlo de manifiesto, es bien diferente.
Todo lo anterior genera tensiones, antipatías y desasosiego (en esto soy especialista) a mi alrededor, no es algo buscado, no es forzado, hago que el “afectado” perciba que no ha cumplido, pero en realidad el que más sufro soy yo porque hay que reanudar el camino iniciado, aguantar la ira y tratar de entender el por qué de esa actuación.
Nunca llego a respuestas absolutas, pero las parciales calman ese desasosiego…buffff sólo escribir esto me ha tranquilizado, gracias por leerlo
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